¿Sabías que hubo un tiempo en que la sal era un lujo en la mesa?
En el Día Mundial de la Alimentación, la historia del ingrediente que todos usamos y casi nadie mira, y que durante siglos salió de Nemocón.
Cada 16 de octubre, el mundo celebra el Día Mundial de la Alimentación, la fecha en que se fundó la FAO en 1945. Y pocas cosas están tan presentes en lo que comemos como la sal. Llega a casi todos los platos y casi nunca recibe atención. No siempre fue así.
Cuando la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada subía por el río Magdalena, en 1536, los españoles notaron que la sal que llegaba de la costa era tan costosa que, según el Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada, solo la comía «la gente principal». Quien no podía pagarla buscaba reemplazos, como la ceniza de palma.
En el altiplano la historia era distinta. Los muiscas obtenían sal en lugares como Nemocón y la cambiaban por maíz, algodón y otros productos. Algunos historiadores creen que pudo valer más que las mantas o los alimentos de la época.
La sal de Nemocón siguió viajando mucho después. En 1602, un capitán indígena de Cerinza, en Boyacá, declaró que su gente vivía de ir «a Nemocón a mercar sal» para llevarla a tierra caliente y cambiarla por algodón.
Hoy la sal cuesta tan poco que es difícil imaginar su antiguo valor, pero sigue siendo protagonista. En Colombia, por norma, la sal para consumo humano debe estar yodada, una medida de salud pública que ayuda a prevenir enfermedades como el bocio. Eso sí, la Organización Mundial de la Salud recomienda no pasar de cinco gramos al día, más o menos una cucharadita. Valorar la sal también es saber medirla.
Este Día de la Alimentación, venga a conocer de dónde salía uno de los ingredientes que cambió la historia de la región. La Mina de Sal de Nemocón, el corazón de Colombia, abre todos los días de 9:00 a. m. a 5:00 p. m., y el recorrido guiado, de cerca de hora y media, empieza en el Museo de Historia Natural de la Sabana.